jueves, 23 de abril de 2015

Maggie.

Tuve un lapso de adolescencia, en donde pensé que podía ocuparme de asuntos pequeños y tiernos, ser niña, ser humana. Bailé durante unos días una danza de inmadurez, y volé en cielos de colores claros. Pero luego recordé que no puede ser así, y caí en la desgracia. No sirve que me lamente por haber amado, querido, por haber hecho, o dicho. No sirve, porque este mundo está demasiado incompleto. 
Me cuesta darme cuenta que a él no le importo, que soy solo un pétalo más en una rosa demasiado grande, que a su vez está dentro de un increíble vivero con cientos de flores de diferentes tipos. Me siento obligada a sentirme poca cosa.
 Rodeada de extraños, y de deudas, de cigarros mal apagados, deseando que la alfombra se incendie, que me deje en huesos regada sobre la escalera, decidí salir a la calle. Me daba miedo ver tantas personas mirándome, me sentía desnuda. Todos verían mi rostro entristecido, todos me preguntarán por que hablo con la voz tan nerviosa. Es preferible quedarme en el departamento, pedir comida por teléfono y seguir trabajando en esa novela que parece no tener fin. 
Dormí entre sábanas sucias, entre platos sin lavar y botellas vacías. Pensaba en él y me odiaba por eso, soñaba con él y quería arrancarme el cerebro. Lo odiaba por hacerme sentir tan estúpida, porque me hacía feliz, y porque me hacía infeliz. Incluso cuando decía su nombre me daba asco. 
Prendí unas velas, no tenía luz por no pagar, me quedé en silencio hasta que me puse a llorar como una fracasada. Quería que me tragara la tierra. Tomé un lápiz y empecé a dibujar una sirena, para variar. 
Cuando salió el sol, yo estaba desnuda y envuelta en toallas mojadas, hacía calor. Fuí hacia la ducha, me vi al espejo y sentí deseos de romperlo. Mis duchas podía ser muy cortas o muy largas, entre 5 y 45 minutos. Me la paso pensando sobre el significado de la vida, la muerte y el por qué no puedo ser amada. Finalmente termino deseando que se caiga el techo y me aplaste. 
Algunos me conocen en internet por "la mujer pateada", escribo en una página de suicidas en donde contamos lo más horrible de nuestra vida. Ahí yo cuento sobre él y las cosas que me hace, como juega conmigo. Todos me dicen que soy linda, y cosas así, siempre hay uno que entra a esos sitios para ligar. Al final el mundo está rodeado de aprovechadores, en busca de personas débiles. 
Ahora no puedo ni escribir, tengo que ir a lavar, a hacer algo. Estoy demasiado abatida. Las huellas de mi lapso adolescente me marcan demasiado, y solo quiero dormir y despertar tiempo atrás. 
Quiero viajar tiempo atrás. 
Mi nombre es Maggie, tengo 24 años, tengo sueños de plumas y quiero viajar tiempo atrás. 

lunes, 20 de abril de 2015

Bodas de oro.

Encontré un dinosaurio, es de plástico y está roto. Cuando era chica me gustaba mucho, de hecho, lo amaba. Dormía con él, y lo abrasaba, casi como si fuéramos marido y mujer. Me casé con el dinosaurio a los ocho, tuvimos una boda sencilla en las islas naranjas. Tenía un vestido de seda, blanco y lindo, con un velo color verde manzana. De comer se sirvieron cereales con leche, trozos de banana y una manzana con caramelo que ya tenía una mordida, Bailamos como veinte minutos la canción que sonaba de mi cajita musical. Lo mejor fue la noche de bodas, nos dimos unos besos, y entonces me di cuenta que no éramos compatibles.
El dinosaurio está roto, cuando nos divorciamos se lo di a mi perro, Chucky, y éste lo destrozó cuanto pudo. Con mi ex marido muerto, era libre para hacer lo que quisiera, como casarme con un monito de peluche. Sin embargo, al parecer mi marido no había muerto, solo estaba en coma. Los años lo han endurecido, han pasado diez, y está lleno de cicatrices. Lo lavé con cariño, recordando los besos de la noche, la boda y el baile. Lo dejé brillante y respetable, pues todas esas cicatrices y golpes lo hacían ver temible.
Lo dejé en la repisa, con otros ex. Le di un besito antes de irme a dormir, no hay que olvidar las tiernas cosas de la infancia. Sin embargo, a pesar de que llevo ya cuatro años de casada, y que todo mi pasado es solo mi pasado, el monito de peluche se sigue poniendo celoso del dinosaurio.

Viviendo por Nikea 2

Era un día húmedo, grisáceo. Encontré en el patio una paloma muerta, estaba deshecha. La pobre debió haber sido atacada por mi gata, Nani. Le doy de comer a Nani cuatro veces al día, le doy pescado, le doy queso, leche, le doy trozos de pan con crema y sal. Nani está gorda, es grande, blanca y muy peluda. Sin embargo Nani come palomas, ratas, incluso cucarachas. No logro entender a Nani, que teniendo tanto sigue haciendo esas cosas.
Le di a la paloma un digno sepulcro, me daba mucha pena tener que hacerlo. Estaba triste, el día no ayudaba. Estar desempleada era algo realmente deprimente, no sabía cuanto tiempo iba a poder seguir manteniendo mi estilo de vida y a Nani. Volví a tomar el diario, nada que pueda hacer. Me mudé a esa casa porque ganaba bien, podía mantenerla. Afortunadamente soy de ahorrar bastante, sé que podré seguir así un par de meses más, pero no más que eso.
Cuando la depresión se apoderó de mí, me tiré a llorar en la cama. Estaba en piyama y toda despeinada, Nani se acercó a mí. La abracé, y estuvimos un rato juntas. No había mejor compañía en el mundo que esa. Dejé de llorar, me abrigué y salí a la calle. Era por la tarde, hacía frío y mi aliento bailaba de forma espectral en el aire, Caminé por una calle bordeada de nieve, en donde a penas y se podía distinguir el pasto. Del otro lado del puente, me esperaba un frío y oscuro mundo totalmente diferente al que venía viviendo. Eran varias cuadras, cada una más oscura y misteriosa que la anterior. Me cubrí la cara con la bufanda, apreté los dientes y dejé mis manos en todo momento dentro de mis bolsillos. Mis pies parecían estarse congelando, tiesos y duros. Un perro solitario me ladró desde atrás de un alambrado, me sorprendí. Sentí un poco de lástima por el pobre animal, solo en la noche que prometía nieve. Aún quedaba un poco de sol, pero poco, y a cada minuto el día me lo iba robando.
Cuando llegué, no me sentí decepcionada ni nada. Me habían dicho que no era nada muy sofisticado, pero tenía que pensar en Nani. Si no podía cuidar de Nani mi misión en el mundo habría terminado. Era de madera, se levantaba como desafiando al frío clima, como que no importara tener un vidrio roto, o dos o tres. Caminé con la mirada baja hacia la puerta, mal cerrada. El lugar era realmente de mala muerte, con pisos viejos y ruidosos, olor a cigarros mezclado con vómitos. Era viernes, estaba casi repleto, aunque era pequeño.  Ahí estaba Candra, se me acercó con una sonrisa de alivio. Me dio dos besos, uno en cada mejilla, mientras me contaba lo atareada que estaba esa tarde, casi noche. Yo asentí, no dije mucho, traté de reír un poco, pero me salió, creo, algo falso. Me dio unas palmadas, y me dijo que vaya a ver al dueño, que me esperaba en su despacho subiendo las escaleras. Le deseé suerte e hice lo que me dijo.
Las escaleras tenían una baranda bastante insegura que decidí no tocar. La puerta estaba abierta, allí encontré a un tipo gordo con bigotes gruesos, Tenía unos curiosos tiradores, y una camisa a rayas celeste y blanca. Su oficina, o si se podía llamar así, era un pequeño cuarto con dos sillas, un escritorio, algunas fotos y una reserva de botellas de vino y licor. Estaba bebiendo un vaso de algo anaranjado, casi dorado, muy entusiasmado. Cuando me vio frunció el ceño, su bigote se corrió a un lado y luego terminó por sonreír. Cuando me senté, comenzó a parlotear sobre varias cosas, no tardé en notar que estaba ebrio. Su voz estaba algo desentonada y movía mucho sus manos para un lado y para otro. Me llegaba muy fuertemente el olor a cigarros de las colillas que estaban en el cenicero.
La reunión no duró demasiado, me contó sobre como sería el trabajo, lo que tendría que soportar, los turnos y la paga. La paga era mala, terrible, pero con eso y mis ahorros podría sobrevivir con Nani hasta encontrar algo más. Acepté, me dio un uniforme poco decente, me vestí y comencé mi primer turno nocturno.
Candra me ayudó bastante esa noche y las demás, tuve que adaptarme a muchas cosas. Hacía mucho frío, y Candra me recomendó tomar un poco de licor para entrar en calor. Eso hice durante todo ese frío invierno.
Cuando regresaba por la mañana, Nani me recibía en mi cama, con un llanto de preocupación. No dormía por la noche, esperando que llegara, finalmente cuando me veía dormía conmigo toda la mañana. Despertábamos pasando el mediodía, hambrientas. Comíamos lo que había, pero no más pan con crema para mi princesa, tuvo que reducirse a comer lo mismo que yo. Nani parecía entender que no estábamos pasando un buen momento, aceptaba todos los cambios sin quejas. Pero yo estoy segura de que extrañaba el pescado.











Viviendo por Nikea.

Me encontré con Nikea años más tarde, no quedaba mucho de aquella chiquilla de pelo anaranjado que perseguía pajaritos en la plaza. No recuerdo la edad que teníamos por esa época, creo que andábamos por los siete u ocho años. Lo que si recuerdo es que Nikea tenía en ella la llama de la vida, la pasión y la aventura, y que me gustaba mirarla, analizar su motivación. Corría como si de ello dependiera su vida, o peor, su diversión.
Recordar la sonrisa de Nikea me frustra, pues no veo ni rastro, ni fantasma, ni sombra, de aquella en su rostro. Lo que veo, es una chica con un pésimo humor y sin ganas de recordar tiempos pasados.
Busqué a Nikea, porque aunque pensé que la había olvidado, no se deja olvidar. Cuando me dejó, estaba seguro de que no había significado nada, pero luego empecé a sentirme vacío. Salí con Jessica por puro impulso, era linda y confortable. Jessica me dio algunos años de su vida para una ilusión vana, y yo acepté, no veía razón para no hacerlo. Ahora veo que estaba en un error, pues Jessica ya no es tan joven como cuando nos conocimos, y volver a rehacer su vida le va a ser difícil. No para mí, que soy un hoja en el viento y todo me da igual la mayoría del tiempo.
Era tarde, decidí llevar a Jessica a su casa, estábamos hablando en un café cerca del centro, sobre la vida. Me costaba no verla, a pesar de todo, estaba bastante apegado a Jessica. Ella se sentía igual, cuando la dejé en su casa no pude evitar besarla levemente, y ella no se resistió. Me sentí mal, luego, por ella, el amor es duro y sé que va a terminar sufriendo. Pero fue agradable, sé que lo fue para ambos. Jessica me contó esa noche que su tío estaba muy enfermo, esperaba un donante de riñón. Un tema complicado, yo no lo donaría, todos debemos aceptar cuando nos llega la hora.
Después de dejar a Jessica en su departamento, me dirigí al bar en donde había visto a Nikea un par de noches atrás. Trabajaba como mesera para un tipo desagradable, el típico gordo con bigote de morsa.
Cuando llegué al bar noté que estaba bastante más vacío que la última vez, seguramente porque era jueves y anteriormente había ido un sábado. Me senté en una mesa redonda y pequeña, alejada del baño y cerca de una ventana que daba a la calle. Se me acercó una mesera regordeta de pelo castaño, pero le pedí que se marchara, que quería que me atendiera Nikea. Fue un error, la mesera se sintió un poco ofendida, y la comprendo, pero no había ido allí solo por un poco de licor.
Nikea se me acercó con paso resignado, estaba pálida y flaca, demasiado. Su cuerpo parecía haberse consumido, casi al punto de volverse gris. Sus ojos estaban vacíos, cansados y pesados, de color verdoso claro. No me miró mucho, solo me pregunto que iba a pedir. Le dije que quería un poco de vino blanco y, si tenía, algo de pescado para cenar. No estaba anotando, sino que me miraba con enfado.
- Esto es un bar, pida algo que se encuentre en la carta-dijo, con algo de sequedad.
- Pero si no hay carta-objeté, al notar que no había.
Nikea señaló la pizarra con luces, allí estaba escrito lo que se servía. Poca cosa, era un bar de mala muerte que olía a cigarros y licor barato. Intenté ser simpático, pero Nikea no estaba de humor para juegos, otra vez. Terminé pidiendo cerveza y un tazón de maní, ni siquiera me miró cuando le pregunté si todo estaba bien. No había mucha gente, podríamos haber charlado toda la noche, pero ella se quedó fumando en la barra charlando con la otra mesera.
A la hora de que me hubiera terminado mi maní y mi cerveza, la mesera regordeta regresó, con cara de fastidio. Me informó que si no pedía nada más debía marcharme por si necesitaban la mesa. El bar estaba prácticamente vacío, le dije que si necesitaban la mesa me marcharía de inmediato, sin objetar nada, pero que estaba pasando un buen momento. La mesera no se sintió conforme, y me amenazó con llamar a la policía si seguía acosando a su compañera. Me sentí bastante indignado, pues yo no la estaba acosando, quería ayudarla. Le comenté que conocía a Nikea desde hacia muchos años y que para nada la acosaba, sino que quería ayudarla, y que se notaba de lejos que estaba pasando por un mal momento. La mesera tampoco se sintió conforme con ello, siguió diciendo que debía irme, así que le pedí unas papas fritas y otra cerveza. No tuvo más remedio que tomar el pedido, y traerlo. Nikea estaba bebiendo un vaso de algo verde, apoyada junto a la barra. El hombre regordete, de bigote de morsa, apareció para insultarla y ordenarle algunas tareas. Nikea gruñó un poco, quejosa, y fue a limpiar algunas mesas.
Cuando me prendí un cigarro fue cuando empezó el problema, el señor con bigote de morsa se acercó con violencia. Fui informado con poca delicadeza, de que no se podía fumar si no se pagaba un impuesto del que jamás había oído hablar. Apagué el cigarro, pero ya había fumado y eso me causaba, según el dueño, una deuda. El monto a pagar era estúpido y exagerado, me negué con firmeza pero el hombre se puso pesado. Nikea miraba algo desinteresada desde una esquina, y la otra mesera parecía exitada. Hasta ese momento no había notado lo mucho que me odiaba la mesera castaña, no entendía por qué tanto rencor. Me puse de pie, estaba molesto. Miré al dueño con fiereza, con el ceño fruncido. Nikea se acomodó el pelo, fingiendo desinterés pero notaba que miraba de vez en cuando. Le grité al dueño que era un tirano, y que no iba a pagar por sus estúpidas reglas. Me enojé tanto, que decidí que tampoco pagaría por lo que había consumido, le dije que su bar era porquería, que su cerveza sabía a orina y que me habían dado papas quemadas. No pensaba pagar, y menos si pretendían cobrarme por un impuesto falso, inventado para saciar su espíritu podrido. El dueño se puso rojo, y la mesera castaña se tapo la boca para dejar escapar una exclamación, parecía un sapo. La respuesta fue la que me hizo explotar. El dueño me dio a entender que no tenía de que quejarme, pues de todas formas no iba por la comida, sino por el servicio, ya que solo iba para mirar las piernas de la puta de Niki, y que debería cobrarme también por andar tanteando su propiedad. Quizás el grito de la mesera castaña fue porque le rompí la nariz en el primer golpe, o por el diente que salió cuando mi pie le destrozó la boca. El hombre tenía la cara hecha un estropajo, y había caído al suelo, pero se levantaba para tomar venganza. No le permití hacer mucho, pues lo volví a patear antes de que tuviera oportunidad de defenderse.
Fui hacia Nikea, que con cara de aburrimiento se había sentado en una mesa, mirando un vaso vacío. La tomé de la mano y la saqué casi a rastras del local, se quejaba pero no eran verdaderos quejidos. Subimos al auto, aunque ella dudó un poco. Se quedó parada en medio del frío, con los ojos vidriosos y enojados, mirando el cielo, a donde sea. No iba a obligarla a subir, era decisión de ella, yo ya había hecho bastante. Cuando se subió, no me miró, solo se quedó ahí contemplando la noche por la ventana. Recordé aquel día en la escuela, cuando nos besamos. Éramos inocentes, de cierta manera, y no sabíamos qué hacíamos. De alguna manera nos dimos cuenta que perseguir pajaritos no era todo lo que queríamos hacer.

















viernes, 17 de abril de 2015

-El que esté libre de drogas, que tiré la primer jeringa-dijo el doctor Jerú, cuando los internos adictos a la cocaína le tiraban jeringas a uno que consumía heroína.
Todos los internos lo miraron consternados, uno se rió porque también estaba pasado de merca. La rubia tetona, sacó un porro, y todos la miraron con los ojos enormes, especialmente Pepa, que le dicen pepa por dos o tres cosas. El doctor Jerú la miró como con decepción.
- ¿Qué es eso?-<<No se llama rubia tetona, no se llama rubia tetona>> pensó el doctor, que no se acordaba el nombre de la rubia, así que no la llamo de ningún modo-Saben bien que no se puede entrar con drogas a esta institución. Ahora dame eso.
La rubia se lo dio, lo miró con ojos desafiantes, como eléctricos. Pepa soltó una exclamación, cuando el doctor se lo prendió ahí y empezó a fumar.
- Yo sí, ustedes no. Yo tengo poder, ustedes no. Yo tengo control, ustedes no. Aprendan, es el significado de la vida, y es lo que más les va a servir cuando salgan a que los pise otro peor que yo.
Y esa noche la rubia le convidó otro.
Era rubia, estaba buena y era una tardada. Se levantó con los cables cruzados, no. No cruzados, rotos.
No me rompas.
No me quiebres
Que me vuelvo humo
Y te sofoco

Querido Blog, soy una mujer desdichada. Mi hijo se droga, y cuando me voy al spa con Clara, me tira onda el de el bar, que está muy bueno. Si llega a enterarse Antonio me va a cortar la tarjeta!
Creo que la lipo no salió bien, me dijeron que se iba la celulitis pero Clara dice que la sigo teniendo. Mejor me voy a probar con el Doctor de Clara, que le hizo esa Nariz como la de CFK.
Si las palabras pesan, entonces son anclas. Mi ancla hoy es haber sido sincera ¡Si tan solo me fuera fácil mentir o disimular! Pero no, es un arte vivo en solo las basuras más sofisticadas.
Cuanta violencia, cuanta mentira (dicho con tono de vieja en el bondi) Me siento una morsa, una bolsa de papas, tirada en la cama esperando ser cocida en una olla. Vivo esperando que alguien toque mi puerta, que me de tres deseos, y así poder mostrar que egoísta soy al pedir solo cosas para mí. Me desvivo por las demás personas como una tarada, y ni me puedo pintar las uñas. Una vez fui un ser egocéntrico y egoísta, claro que lo que yo considero egocéntrico y egoísta es diferente a como lo ven los demás. Nunca me fui al extremo de ser segura de mi misma, pero al menos me valoraba un poquito. Hoy, soy basura. Porquería.
Tengo un poco de suerte, pero siento que la estoy forzando de más.
Sigo con anclas, la mayor soy yo, si me deshiciera de mí podría avanzar un poco más.
¿Por qué soy tarada? Porque soy mujer, y que las feministas me chupen un ovario. Ser mujer me hace tarada, me hace débil ante las pasiones, ante los sentimientos. Tengo un corazón blando, quizás no me golpearon demasiado. Así que aunque sea racional, soy mujer y eso me obliga a ser tarada.
No, las mujeres no somos lo mejor.
Somos a las que se les paga más por hacer porno, pero nada más.
Estaba loca si pensaba que mis problemas se iban a solucionar. Soy una inconsciente.
Carlos no soportaba ver a su hijo saludar al cielo, pensaba que era autista, o solo estúpido. La mamá de Facundo, esposa de Carlos, murió cuando Facundo tenía cuatro años, y ahora tenía seis, pero el boludo seguía saludando al cielo, como si un trauma mayor le hubiera comido el cerebro. Carlos no era paciente con Facundo, es más, Carlos no soportaba a Facundo. A María, la novia sexy de Carlos, no le cabía Facundo porque decía que era retrasado, porque Facundo se reía mucho y contaba cosas de la escuela, estaba en primer grado. Facundo soportaba a María porque compraba helado, lo dejaba a él comiendo mucho helado en la vereda mientras ella se quedaba haciendo cosas aburridas, como rezar, con su papá, Carlos. La casa de Facundo no era divertida, era realmente mortificante y los vecinos decían que el papá de Facundo, Carlos, encima de todo tomaba mucho vino. 
La mestra de Facundo, Manuela, lo miraba como siempre saludar al cielo, pero Facundo lloraba, lloraba mucho. Manuela era buena, algo lindo en mundo debía existir, le sorprendió que estuviera llorando. Fue a ver al nene pensando en que sería algo tonto.
¿Por qué Facundo saludaba a el cielo? 
- Cuando mi mamá estaba en la cama-dijo Facundito-me dijo que me iba a cuidar desde el cielo, me dijo que iba a estar en Marte. Pero desde que se fue a Marte-continuó contando-mi papá está viendo a una mujer que se llama María, quiero contarle para que lo venga a retar.