lunes, 20 de abril de 2015

Viviendo por Nikea.

Me encontré con Nikea años más tarde, no quedaba mucho de aquella chiquilla de pelo anaranjado que perseguía pajaritos en la plaza. No recuerdo la edad que teníamos por esa época, creo que andábamos por los siete u ocho años. Lo que si recuerdo es que Nikea tenía en ella la llama de la vida, la pasión y la aventura, y que me gustaba mirarla, analizar su motivación. Corría como si de ello dependiera su vida, o peor, su diversión.
Recordar la sonrisa de Nikea me frustra, pues no veo ni rastro, ni fantasma, ni sombra, de aquella en su rostro. Lo que veo, es una chica con un pésimo humor y sin ganas de recordar tiempos pasados.
Busqué a Nikea, porque aunque pensé que la había olvidado, no se deja olvidar. Cuando me dejó, estaba seguro de que no había significado nada, pero luego empecé a sentirme vacío. Salí con Jessica por puro impulso, era linda y confortable. Jessica me dio algunos años de su vida para una ilusión vana, y yo acepté, no veía razón para no hacerlo. Ahora veo que estaba en un error, pues Jessica ya no es tan joven como cuando nos conocimos, y volver a rehacer su vida le va a ser difícil. No para mí, que soy un hoja en el viento y todo me da igual la mayoría del tiempo.
Era tarde, decidí llevar a Jessica a su casa, estábamos hablando en un café cerca del centro, sobre la vida. Me costaba no verla, a pesar de todo, estaba bastante apegado a Jessica. Ella se sentía igual, cuando la dejé en su casa no pude evitar besarla levemente, y ella no se resistió. Me sentí mal, luego, por ella, el amor es duro y sé que va a terminar sufriendo. Pero fue agradable, sé que lo fue para ambos. Jessica me contó esa noche que su tío estaba muy enfermo, esperaba un donante de riñón. Un tema complicado, yo no lo donaría, todos debemos aceptar cuando nos llega la hora.
Después de dejar a Jessica en su departamento, me dirigí al bar en donde había visto a Nikea un par de noches atrás. Trabajaba como mesera para un tipo desagradable, el típico gordo con bigote de morsa.
Cuando llegué al bar noté que estaba bastante más vacío que la última vez, seguramente porque era jueves y anteriormente había ido un sábado. Me senté en una mesa redonda y pequeña, alejada del baño y cerca de una ventana que daba a la calle. Se me acercó una mesera regordeta de pelo castaño, pero le pedí que se marchara, que quería que me atendiera Nikea. Fue un error, la mesera se sintió un poco ofendida, y la comprendo, pero no había ido allí solo por un poco de licor.
Nikea se me acercó con paso resignado, estaba pálida y flaca, demasiado. Su cuerpo parecía haberse consumido, casi al punto de volverse gris. Sus ojos estaban vacíos, cansados y pesados, de color verdoso claro. No me miró mucho, solo me pregunto que iba a pedir. Le dije que quería un poco de vino blanco y, si tenía, algo de pescado para cenar. No estaba anotando, sino que me miraba con enfado.
- Esto es un bar, pida algo que se encuentre en la carta-dijo, con algo de sequedad.
- Pero si no hay carta-objeté, al notar que no había.
Nikea señaló la pizarra con luces, allí estaba escrito lo que se servía. Poca cosa, era un bar de mala muerte que olía a cigarros y licor barato. Intenté ser simpático, pero Nikea no estaba de humor para juegos, otra vez. Terminé pidiendo cerveza y un tazón de maní, ni siquiera me miró cuando le pregunté si todo estaba bien. No había mucha gente, podríamos haber charlado toda la noche, pero ella se quedó fumando en la barra charlando con la otra mesera.
A la hora de que me hubiera terminado mi maní y mi cerveza, la mesera regordeta regresó, con cara de fastidio. Me informó que si no pedía nada más debía marcharme por si necesitaban la mesa. El bar estaba prácticamente vacío, le dije que si necesitaban la mesa me marcharía de inmediato, sin objetar nada, pero que estaba pasando un buen momento. La mesera no se sintió conforme, y me amenazó con llamar a la policía si seguía acosando a su compañera. Me sentí bastante indignado, pues yo no la estaba acosando, quería ayudarla. Le comenté que conocía a Nikea desde hacia muchos años y que para nada la acosaba, sino que quería ayudarla, y que se notaba de lejos que estaba pasando por un mal momento. La mesera tampoco se sintió conforme con ello, siguió diciendo que debía irme, así que le pedí unas papas fritas y otra cerveza. No tuvo más remedio que tomar el pedido, y traerlo. Nikea estaba bebiendo un vaso de algo verde, apoyada junto a la barra. El hombre regordete, de bigote de morsa, apareció para insultarla y ordenarle algunas tareas. Nikea gruñó un poco, quejosa, y fue a limpiar algunas mesas.
Cuando me prendí un cigarro fue cuando empezó el problema, el señor con bigote de morsa se acercó con violencia. Fui informado con poca delicadeza, de que no se podía fumar si no se pagaba un impuesto del que jamás había oído hablar. Apagué el cigarro, pero ya había fumado y eso me causaba, según el dueño, una deuda. El monto a pagar era estúpido y exagerado, me negué con firmeza pero el hombre se puso pesado. Nikea miraba algo desinteresada desde una esquina, y la otra mesera parecía exitada. Hasta ese momento no había notado lo mucho que me odiaba la mesera castaña, no entendía por qué tanto rencor. Me puse de pie, estaba molesto. Miré al dueño con fiereza, con el ceño fruncido. Nikea se acomodó el pelo, fingiendo desinterés pero notaba que miraba de vez en cuando. Le grité al dueño que era un tirano, y que no iba a pagar por sus estúpidas reglas. Me enojé tanto, que decidí que tampoco pagaría por lo que había consumido, le dije que su bar era porquería, que su cerveza sabía a orina y que me habían dado papas quemadas. No pensaba pagar, y menos si pretendían cobrarme por un impuesto falso, inventado para saciar su espíritu podrido. El dueño se puso rojo, y la mesera castaña se tapo la boca para dejar escapar una exclamación, parecía un sapo. La respuesta fue la que me hizo explotar. El dueño me dio a entender que no tenía de que quejarme, pues de todas formas no iba por la comida, sino por el servicio, ya que solo iba para mirar las piernas de la puta de Niki, y que debería cobrarme también por andar tanteando su propiedad. Quizás el grito de la mesera castaña fue porque le rompí la nariz en el primer golpe, o por el diente que salió cuando mi pie le destrozó la boca. El hombre tenía la cara hecha un estropajo, y había caído al suelo, pero se levantaba para tomar venganza. No le permití hacer mucho, pues lo volví a patear antes de que tuviera oportunidad de defenderse.
Fui hacia Nikea, que con cara de aburrimiento se había sentado en una mesa, mirando un vaso vacío. La tomé de la mano y la saqué casi a rastras del local, se quejaba pero no eran verdaderos quejidos. Subimos al auto, aunque ella dudó un poco. Se quedó parada en medio del frío, con los ojos vidriosos y enojados, mirando el cielo, a donde sea. No iba a obligarla a subir, era decisión de ella, yo ya había hecho bastante. Cuando se subió, no me miró, solo se quedó ahí contemplando la noche por la ventana. Recordé aquel día en la escuela, cuando nos besamos. Éramos inocentes, de cierta manera, y no sabíamos qué hacíamos. De alguna manera nos dimos cuenta que perseguir pajaritos no era todo lo que queríamos hacer.

















No hay comentarios:

Publicar un comentario