viernes, 9 de septiembre de 2016

Adelina II

Se vendían perros al mejor postor, y ninguno era de raza, no había precio fijo: cobraban según la cara. Antes de morir, Adelina había comprado uno, cuando todavía vivía con el viejo que le daba esos zapatos caros. El tipo de los perros se lo cobró un dineral, ella pagó con billetes de cien y quedó como aquella reina que no era. Vestía un tapado imitación de leopardo, que parecía ser realmente piel muerta. Era grande y peludo, le llegaba hasta las rodillas, le cubría todo su diminuto cuerpo. Debajo, llevaba solo ropa interior negra.
Ese barrio, que apestaba a carne podrida y ratas muertas, había sido suyo y de vez en cuando lo visitaba. Los pasillos, la casa vieja, la  panadería del japonés y la negra, la lavanderia de la de los rulos. Se sentaba en un banco viejo de la plaza y dejaba algunas monedas en la fuente. Con los lentes de sol que tapaban sus ojos al mundo, Adelina pensaba que ya estaba por encima de todos ellos.
Después de tener al perro, vio a su hermano un rato, contándole sobre el puto que ya no era puto. Alejandro no estaba muy contento con como habían terminado las cosas, como se habían separado luego de que el puto ya no lo quisiese. Adelina se sentía hermosa y atribuía el cambio del puto a ello. La conversación no terminó en buenos términos, se abrazaron y no se despidieron.
En las calles Adelina era como un ente, de labios carmesí y pelo rubio brillante. Sus piernas largas deambulaban por las zonas más problemáticas e inquietantes.
Llegó a la casa del puto, se quitó el tapado en medio del hall y lo dejó caer en el piso de mármol. Así como estaba, podría ser una famosa artista o una prostituta del barrio viejo.
Apareció el puto y la tomó en sus brazos, a la joven Adelina. Veinte años, fresca y activa. Fueron al cuarto, y no salieron hasta el otro día.
Esto fue antes de que muriese Adelina, porque luego, el puto se decidió por Alejandro. Con el tiempo pensó en que Adelina fue la excepción, fue la mujer que le quitó el aliento un rato, pero que no eran los suyo, las mujeres. Alejandro era otra cosa, era lo que le gustaba más. Medio lamentoso estaba Alejandro, con todo el tema de la muerte de su hermana, de su cambio de vida. Pero él era un joven delicado y educado, merecía a Eduardo más que ella. Siempre la retobada, la original, la rebelde. Adelina, la flor podrida de una sociedad doliente.

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