viernes, 2 de septiembre de 2016
Lealtad
Veía una flor convertirse en la manifestación de todos los deseos de mi inconsciente. La flor mutaba en nubes, en paraíso, en mármol y en todo un jardín de evanescentes anhelos. Amaba a la flor como a aquellos anhelos, como a aquellos deseos de mi espíritu. Recordaba cuando en la noche, en la oscuridad más densa, la flor brillaba con un esplendoroso sol propio, siendo un único camino posible. Cuando se ilustra el mundo con el día, las posibilidades se multiplican al infinito y es más fácil confundirse y equivocarse, que cuando se tiene un camino unívoco. Pero aquella flor no era un camino unívoco como cuando la noche. De día, la seguía eligiendo, no porque tema a lo no conocido, sino porque en la noche era la única que de mí no se alejaba.
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