Sentadas en una silla que nunca se mueve, nunca chilla, ni grita ningún nombre. Como si fuesen peces en la arena, en la sólida arcilla, recordando las promesas propias y ajenas. Las mentiras no les pesan, porque están acostumbradas, pero les rondan la mente como una espantosa canción. Decepcionadas buscan naturalizar la agonía, no sufrir jamás por otra pérdida o ausencia. Gritan auxilio en mensajes codificados, las arrastra la esperaza hacia el sol y las quema con la lentitud con la que pasa la vida. Pies pegados al suelo como raíces crecidas, forjando la paciencia y la tolerancia con el amor. Llegan y pasan como una hoja perdida, se quedan y te dan lo que les permite el espíritu, pero sentadas esperarán toda la vida a que de las semillas nazca alguna flor. Bailan canciones pasajeras y lloran las heridas que les deja el tiempo, mirando como se tranforman en lo que no eran y no en lo que esperan. Y a ellas las consume el silencio, hambriento como el fuego. No puden pedir mucho, ni exigir nada a nadie. Tienen prohibido ir más allá de lo que les dio el mundo, tienen la obligación de contentarse.
Se hacen parte de las paredes y se funden con las sábanas en las que debajo sufren. Las que esperan solo esperan y no fluyen, no generan. Las que esperan solo miran, conformes con el momento y la vivencia. Las que esperan no avanzan, porque el que no se mueve no prospera.
Y aunque en ceniza se conviertan, las que esperan solo esperan y solo en la tierra se liberan.
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