Tenía miedo de abrir la caja de la batidora, de abrir los cajones de la cocina, de abrir la heladera, de caminar por la noche en la casa. Los insectos eran dueños, más que yo. Los insectos eran los verdaderos dueños, nosotros las visitas. Todo lo que tocaba me causaba gran repugnancia, no quería acercarme. Los odiaba, los detestaba. Me alteraban los nervios, más que nada en el mundo. Veía uno (una) y se me caían las cosas de las manos, pegaba saltos, gritaba. Me causaban gran estrés. Pero ellos eran dueños de la casa, ellos nunca se fueron. Perdí mi hogar, que nunca fue hogar. Otro piensa que ahora es suyo, que le pertenece, que es dueño. Pero se quedará como yo, sin nada, porque esas paredes son de ellos. Y sin importar cuántos dueños vayan y vengan, serán artificios, mentiras. La casa ya tiene dueños y no está ni estuvo nunca en venta.
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