lunes, 25 de julio de 2016

Mi Celestia.

Estaba despeinada, mi Celestia, con sus alas plásticas coloridas. Estaba despeinada, porque en su crin lleva mis errores y mis culpas. Viajó desde Palermo hasta Loma Hermosa, la cuidaba como si siempre hubiese sido mía. Como prometí. Me la vendió una chica que se llama Natalia y el destino hizo que con el tiempo nos hagamos amigas. A veces me parecía que no lo éramos, pero porque vive lejos y yo olvido con facilidad que el tiempo y la distancia pueden borrar ciertos afectos. Lo olvido porque a mí no me pasa, que no te vea 4 años puede que no haga que te quiera menos. A muchos extraño, a muchos quiero y a muchos que no veo. Pero no a todos les pasa.
Mi Celestia me mira con recelo: ya no se quiere mudar más. Las cosas por las que pasa la estresan y ya está meditando si hizo bien en venirse conmigo. Quizás debió quedarse con su dueña, o con quien la cuidó mientras no estuve. Estaba bien, eso piensa. Tenía una mesita de madera, limpieza todas las semanas, estaba bien acomodada y tranquila. El sol la iluminaba por la persiana todos los días, le cantaban. Nada la despeinaba. Ahora viaja de acá para allá, que la meten, que la sacan. La ubican y re-ubican. Sufre la humedad, sufre el frío. Sabe que sufrirá el calor. A veces siente la suciedad bajo sus cascos marca Hasbro. Quizás debió quedarse, quizás debió dejarme. No soy lo mejor para ella, ni para su crin. Quizás debió olvidarme.
 Quizás todos debemos quedarnos en donde estamos bien. Pero no siempre queremos eso. Lo que nos conviene no suele serlo. Lo que nos conviene, suele ser el camino aburrido.

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