Te quiero, quizás nunca deje de hacerlo. O quizás sí, un día me despierte y no te quiera querer, me vaya lejos y tengas que buscarme. Sentada en la montaña, sola, seguro me vas a encontrar. Voy a estar rodeada de gatos, todos van a llevar tu nombre, lo que va a hacer que sea confuso llamarlos. Como no voy a poder gritarle a solo uno sin que los demás no se confundan, arreglaremos que si uno mete la pata, la ligan todos. No me parece injusto, la verdad. Me parece propio, porque todos serán tu esencia, y si me enojo con vos, tengo que enojarme con todo lo que tu persona representa, como una familia de gatos.
No me juzgues por tanto que me muevo cuando duermo, o porque las sábanas quedan como un repulgue infantil y desprolijo, como cuando yo tenía cinco años y quería ayudar a mi abuela con las empanadas. No me juzgues por como dejo todo, porque por la noche me visitan los espíritus violentos del dolor y la desgracia, me gritan al oído cosas que en tu vida querrías oír. No me juzgues, porque en la mañana la quietud me domina, me deja fija en un sueño en el que no puedo dormir, un sueño en el que el rojo y el naranja son dueños del negro, de hacer con él lo que quieran, y lo hacen. Entonces dame amor, ese amor que se da sin pedir que el otro le haga un repulgue decente, ese amor que se come el repulgue de todas maneras con una sonrisa, por más que esté feo. Ese amor es el que necesita mi alma inquieta, que da vueltas por todas las casas dejando repulgues mal armados, que busca su nidito. Sí, revoloteo en todas direcciones, en el campo, en la arena y en el asfalto, pero mi hogar está en donde tu calor me llena, mi hogar está en donde tu piel roza la mía.
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