Por algún motivo parecía que estaba en el fin del mundo, lejos de todo, lejos de absolutamente todo. Lo raro era pensar en el fin del mundo, pues no existía un sitio que mereciera esa denominación y creer que sí, iba en contra de todo lo que hubiese aprendido en su vida. Pero, aún así sentía que se había ido hasta el fin del mundo, que ese era el sitio en donde todo acababa, que más lejos no había nada. No era cierto, porque de leer un mapa podría probarse que estaba en un error, pero, pero y pero. Al final se quedó con la idea del fin del mundo flotando por la casa, la seguía incluso cuando salía al patio, la molesta idea errónea. No podía apartarla de su mente, como si fuese una nube negra lista para lloverle encima en cuanto le diera lugar, pero no perdería la batalla, no. Decidió salir a caminar para probarle a su mente que no era el fin del mundo, sino solo un lugar lejano a su hogar, un poco apartado de la civilización a la que estaba tan apegada.
Caía la noche cuando decidió salir, su casa estaba a cinco cuadras de la más cercana, pero ella tenía que ir para el otro lado, para el lado en donde parecía no haber nada. Como no sabía cuánto le tomaría explorar el campo, se llevó dos botellas de agua y algunas frutas. Comenzó a caminar con un paso tranquilo, la calle era de tierra con algunas luces remotas que parecían salir de la oscuridad y luego fundirse con ella una y otra vez. Las miraba porque eran circulares, una forma particularmente hipnótica. La mayor vista estaba en las estrellas, eran tan bastas que daban cuenta de lo amplio del mundo y que, claramente, ese no podía ser el fin del mismo. Sin embargo la idea seguía molestando, no era momento de detener la caminata.
Había decidido mudarse al campo por las estrellas, además porque la idea de vivir en un sitio en donde no vive nadie, la hacía sentir parte de una vanguardia personal, como si estuviera marcando un camino nuevo jamás trazado. Sin embargo vivir lejos no era igual a vivir en el fin del mundo. Pero lo era, de cierta forma.
Las luces terminaban, pero el camino seguía un poco más. A oscuras sus pies eran como sombras de ladrillos y los campos a los lados como susurros errantes. Con los dedos tocaba los pastizales, altos y fríos, nocturnos. Dentro estaría lleno de alimañas, gritonas e irrtantes, pero seguro dormían. Las víboras que se alimentaban en la oscuridad, de colores estridentes, danzando por los pastizales en busca de alimento, incluso ellas no hacían sonido alguno. La calma no era natural, era más bien extraña y violenta. Violenta en el sentido de que la alteraba, la alteraba que no sea normal, que no haya grillos, que no haya ranas, que no haya vida. La engullía la oscuridad, la noche que era celebrada por la luna y las estrellas.
Más adelante se notaba una oscuridad distinta, una oscuridad espesa y agresiva, una oscuridad poco natural. Había hecho calor todo el día, pero el frío seco comenzaba a hacerse espacio, de un momento a otro todo parecía hielo. Había caminado por ocho horas y nada, había abandonado todo susurro del espacio, toda voz de la naturaleza, toda presencia. El camino se habia convertido en la nada, había terminado, y luego vino la hierba, y luego ella terminó. Caminaba por un manto negro, bajo un cielo sin estrellas, sin luna. Todo rastro de vida la había abandonado, todo rastro del mundo. No soplaba brisa y su aliento parecía desvanecerse antes de existir, no sentía el latir de su corazón y sus ojos parecía que llevaban cerrados horas, pues nada se veía. Pero caminó y caminó dejando que la absorva la oscuridad.
Vivir en el fin del mundo era un sueño, quizás había descubierto un nuevo sentido del mundo, una nueva forma de sentir la existencia. Su propio cuerpo se convirtió en viento, pero allí no había viento, no había nada. Era como imaginar que el mundo se convirtiera en la nada, y esa nada desapareciese. Como si todo desapareciera para dejar una nada que no podía permitirse ser esa nada y ella, en el medio, sentía que estaba irrumpiendo con ese sagrado estado de inexistencia. En su interior seguía pensando, ya no se movía, era parte de todo eso que no existía, poco a poco ella dejaría de existir. Desde que las luces la abandonaron, supo que la nada sería un desino cruel, porque la soledad era un temor con el que había vivido tantos años y al que deseaba enfrentar. Pero la desesperación fue siendo opacada por la nada, que se comía la voluntad y la fe, se comía los deseos y las preocupaciones, era sedante, pero al mismo tiempo peligrosa.
Sentía los dedos, pero ya no eran dedos, eran desproporcionados, deformes, bastos como aquel cielo estrellado. ¿Cuándo desapareció? No había rastro de una luz, o sí, sí. A la distancia, lejos como quien cree que está el mundo desde su fin, brillaba tenue como si le costara respirar. Hermosa, libre. En el fondo sentía alivio de saber que no era locura lo que sentía, que aquella idea de vivir en el fin del mundo era acertada, pero ahora su existencia dependía de que esa idea fuese una mentira, o de escapar de la nada que la convertía en un desprolijo manchón negro sobre negro.
Se sacudió, o así lo sintió, no entendía en qué se había convertido su cuerpo. Transportó su mente al campo y los pastizales. Recordó una canción sobre un hombre que había muerto en la llanura, buscando la verdad. Sí, ella buscaba la verdad, era de esa clase de personas, no podía quedarse con esa idea dando vueltas sin demostrarse si era verdad o no. Y era verdad, sí que era verdad. Sí que vivía en el fin del mundo, no había dudas, y ese fin era horrible, era solitario. No pudo evitar pensar si así se sentiría la muerte, como caminar hasta que se deshagan tus piernas y tus dedos sean ya nada. Caminar hasta que tu corazón sea un recuerdo y tu cuerpo se desprenda de tu alma. Como caminar por la eternidad.
Y en el fondo recordaba un dolor, un dolor que había sentido en la pierna y que le recordaba al color amarillo. En el fondo, sí. Una figura larga y amarillenta, manchada, se deslizaba como ella. Pero no podía verla, porque lo único era esa pequeña estrella que a la distancia se manifestaba en soledad. Era como ella, la estrella, estaba sola y destinada a convertirse en un recuerdo. Intentó arrastrarse hacia ella, como flotando con paciencia. Sintió la tierra en la cara, o la recordó, pues en la nada la tierra era un recuerdo. Sí, la tierra seca golpeando su rostro.
Pero había estrellas cuando miró al cielo la última vez y de repente no había nada, fue después de la tierra que todo empezó a cambiar, ahora podía recordarlo. Porque después de sentir la tierra sus dedos se durmieron, y la luna estaba enorme y brillante, después su cuerpo se comenzó a fundir y a deshacer pero tampoco era un cuerpo tangible, no. Lo que se deshacía era su ser completo, estaba mutando como si estuviera convirtiéndose en algo nuevo. Pero había sentido la tierra.
¿Cuántos podían jactarse de haber tocado una estrella? De haber llegado con los dedos a ser bendecidos con su majestuosa divinidad, a ser iluminados con elegancia y armonía por su voz.
Había quedado tendida en la tierra mirando las estrellas, no se movía para nada, no hacía ningún sonido. Pero su ser se había fusionado con los astros y las luces ya no serían un problema para deambular por ningún camino.
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