sábado, 4 de julio de 2015

No a los corpiños.

No uso corpiño casi nunca, cuando uso es porque salgo, y a veces salgo y no uso. A veces la ocasión pide que el corpiño quede en el cajón o, en mi caso, en el piso, con toda la pila de ropa. Meto toda la ropa hecha un bollo en el ropero, no tengo nunca ganas de doblarla, pero como cada mes me canso saco todo, todo, tiro todo en la cama y me pongo a ordenar. El orden dura dos días, tres si me pongo en generosa, no me llevo bien con el orden. No me peino casi nunca, en invierno la capucha es mi herramienta clave, la piedra angular que me permite poder salir con todo el pelo enredado, nadie se dará cuenta. En verano, lo que más deseo con mi pelo es cortarlo, cortarlo por los hombros, alisarlo, no peinarlo. Gracias al cosplay lo tengo largo, creo que nunca lo tuve tan largo, pero uno de estos días voy a gritar por libertad, voy a tomar esa decisión, voy a cortarlo. Quiero que mi pelo se sienta libre como mis pechos, que jamás van atados por nada a ningún lado. No usar corpiño es libertad, y es dolor, porque cuando no uso...y salto...
La libertad es una dolorosa experiencia, pero hermosa, hermosa sí lo es. Hay muchas formas de sentirse libre, entre ellas está no depilarse en invierno, no depilarse en otoño, no depilarse en primavera, no depilarse en verano, etc. Otra de las maneras es quitarse la ropa, quemarla, bailar sobre ella y luego girar en círculos rezándole a todos lo dioses al mismo tiempo, como si todos fueran un comodín. Yo combino todas.
La desnudez es un acto simple, en casa no uso ropa, en casa no uso nada. El escritorio se conforma por una pantalla, envoltorios de caramelos ácidos, OCB X-PERT y una taza que tuvo algo en algún momento, además de todos esos pañuelitos usados, la alergia nunca decae. Tengo un moño celeste con corazones blancos, que queda justo para recordarme que también soy femenina, a veces, cuando quiero, cuando tengo ganas. Todo es un tema de ganas, que pasa muy de vez en cuando. Usar corpiño, es también un tema de ganas. En el escritorio las ganas quedan en las teclas, quedan en mis deseos por escribir, quedan en las decenas de episodios de Steven Universe y Gravity Falls. En el escritorio queda un trozo de mi alma, otro en aquel moño, y otro se encuentra en la cama.
Nunca duermo con ropa, eso significa que hace años que no uso corpiño en una cama, para dormir. Sin embargo me gusta el corpiño como prenda, es lindo, es estético. Me gusta como me veo con corpiño, supongo que usar corpiño es como usar un moño celeste con corazones blancos, pasa cuando tengo ganas. El ser femenina en mí es como una enfermedad en la que recaigo, o al revés. Cuando uso corpiño en casa, estoy elevándome al mundo civilizado, recaigo cuando lo dejo tirado al lado de la silla, y me pongo desnuda a escribir por horas. Si lo veo así, estoy enferma, muy enferma, y solo me salvaré si decido que usar corpiño es adecuado casi siempre y no al revés. Pero no, porque sino tendría que aceptar lo mismo de ordenar, y no tengo, no tengo, nada, nadita, de ganas de ordenar. 
Soy una novia medio de sillón medio de salidas, me gusta todo, creo que estoy equilibrada, pero el mundo está acostumbrado a extremos. Yo estoy acostumbrada a ver extremos, o uno o el otro. O usas corpiño siempre, o no lo usas nunca. Por favor, casi nunca se dan cuenta que no llevo corpíño, dejémonos de ñoñerias. 

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