Luces de Invierno.
La ventana dejaba que entre luz, a penas, tenue. Estaba
cubierta por una cortina de gaza rojo oscuro, medio corrida e inservible, hecha
jirones, retazos, rota. Pero en esa cortina, que era más un trapo, Cecilia se
veía casi reflejada, se veía copiada y clonada. La miró por un rato mientras
desayunaba, como siempre se tomaba su tiempo porque eso era lo que se suponía que
uno hacía cuando desayunaba, la cortina parecía devolverle la mirada, tenía una
punta que caía sobre un aparador, que era más larga que el resto de ella, tan
imperfecta. El té se iba enfriando, el pan estaba volviendo a ponerse duro y la
cortina seguía viéndose vieja.
La mesa quedó desordenada, con migas y un frasco abierto de
mermelada, además había ya tres tazas sucias y un par de papeles arrugados. La
casa era ahora suya y ella estaba sola en ella y nadie iba a molestarla,
quizás, sin embargo no podía disfrutarla. La casa era como la cortina, la
cortina era un resumen y una perfecta descripción de ella y de la casa, de todo
el remolino de emociones, ese vórtice profundo de pensamientos confusos y
oscuros que la invadía a cada momento del día. En el piso había un par de
prendas viejas, de cuando esa casa fue su hogar, algo que le costaba recordar o
visualizar en su mente, porque ese lugar era totalmente su infierno, su
pesadilla, su cortina.
¿Cuánto tiempo se quedó Cecilia contemplando la cortina? El
sol empezaba a bajar, la mesa seguía desordenada, el desayuno frío acompañado
de los vidrios rotos de un espejo que se atrevió a mostrar cómo había quedado
su rostro, serían la marca que dejaría. Lo pensó y sintió que no era
suficiente, porque esa casa llevaba demasiadas cosas en ella y necesitaba
despedirse de una manera más digna.
En el balcón fue su madre, el vacío y el sol la acompañaron
en la caída, decorada con gritos de gloria, la libertad obligada a ser
aceptada. Cecilia la vio, tan vívidamente como veía el balcón, ahora vacío y
rodeado de macetas con flores marchitas, secas y muertas. Las rosas, las
azaleas, las margaritas y las petunias de esa mujer, que cuidaba con tanto
empeño hasta que nadie estuvo para ellas otra vez y murieron. En el baño fue su
hermana, la vio también, con la manguera que odiaba tanto de collar, esa de la
que siempre se quejaba por su mal funcionamiento, finalmente sirvió para algo.
Ahora el baño estaba vacío, limpio, pero siempre estaría sucio porque no podía
haber otra manera. No, quizás él ya no esté en la casa, pero nunca podría
morir, porque vivía en el baño y en el balcón, vivía en la cortina y vivía en
el rostro de Cecilia, marcado para siempre.
De cierta forma ella misma era una huella, porque ya nadie
la vería como Cecilia, sino como lo que habían hecho de ella. La habían
convertido en más que una víctima, sino la imagen misma de lo que ser víctima
significa, como si fuera la desgracia personificada y necesitara tanta lástima
como la moral humana pueda concebir. Porque a Cecilia no le extirparon solo su
hogar, su familia y su rostro, también le extirparon el orgullo, el anonimato,
la identidad y la existencia. Iniciar de cero no era una opción, todo lo que le
quedaba a Cecilia, estaba en un instituto de menores a unos kilómetros de su
vieja casa, lugar al que no quería llegar jamás.
Oscura era la noche, no había luz, pero habría, habría tanta
luz como jamás había visto ella, o quizás nadie. Eso era, nadie había visto una
luz tan hermosa, una luz tan purificadora, una luz tan pura. Con el pasar de
las horas, Cecilia decidió que era hora de limpiar, porque a donde veía oía un
grito o sentía un golpe y eso le causaba un malestar demasiado cruel, demasiado
fuerte, demasiado triste. No sabía cuántas personas en el mundo podrían lograr
que un malestar emocional se traslade a uno físico, que un sentimiento tan
doloroso pudiera provocar que sus tripas se revuelvan, como si los pensamientos
pudieran herir su cuerpo. Su carne y su alma se sincronizaban y la convertían
en una muñeca descompuesta, rota, incompleta. Necesitaba despedirse de todo
eso, necesitaba que su alma sea libre de todo pensamiento, de todo recuerdo y
de todo sentimiento mundano, había sido demasiado ya para ella y quería salir.
En la mesa había unas cuantas velas encendidas, alumbraban
el tieso desayuno y los papeles arrugados, que eran cartas que no quería leer,
porque ya sabía lo que decían y no tenía sentido leerlas. Las puso en un montón
junto a las velas y luego se llevó una para registrar la casa.
Al lado de las cartas viejas estaban las fotos y en muchas
había sonrisas, que merecían irse, merecían tanto. Todo lo demás que encontró
lo tiró por el suelo, rompió sillas y platos al azar, tiró estanterías y rompió
cada copa de cristal que apareció delante de ella. Corrió el sillón y lo puso
delante de la mesa, mirando a la cortina. Dejó todas las velas excepto una, que
llevó en la mano, sobre las cartas y las fotos. Verlas irse era algo casi
onírico, sabía que no se irían realmente, que esas sonrisas no cesarían, pero
esperaba que ya no la atormenten fuera del envase en donde se encontraba. Luego
de que el fuego bebiera papeles, se quedó contemplando el mantel, el desayuno y
empezó a reír. Había sido su madre la que le decía que todo lo que cocinaba
terminaba carbonizado, fue casi como si ella le hablara, como si se lo dijera
de nuevo, como si estuvieran juntas. Así era, más juntas que hace mucho tiempo.
Dejó la otra vela en el aparador debajo de la cortina, las
llamas comenzaron a lamer la gaza, como si intentaran cazarla, pero danzando
tímidamente y luego, venciendo ese miedo de los comienzos, giraba más rápido y
con más confianza. La miró sentada en el sillón poco a poco, la cortina, fue
desapareciendo, pero tal y como Cecilia pensaba, alejarla no haría que deje de
mortificarla, no, para eso había un solo remedio.
El fuego enfriaba el invierno y ella pensó que era casi
poético, oía algunos gritos sin importancia, los más atormentadores estaban en
su interior. Le parecía bello como borraba todo rastro de él, de todo su mal,
de todo su ser, cada marca, cada huella. Una limpieza, no estaba completa,
hasta que todo estaba limpio. Al final cedió al humo, se dejó caer en el
sillón, cerró los ojos y se quedó dormida. Su mente estaba despierta, quizás
demasiado, pensando muchas cosas. Su seguridad la llevó a un camino sin retorno
que, en sí, siempre tenía retorno, porque siempre volvía a su génesis.
Después de la oscuridad vendría la luz y esa luz fue la que
se la llevó, limpiando cada centímetro de dolor, para dejarla reposar en la
oscuridad de nuevo, y que espere a que la luz regrese a buscarla, en aquel
círculo onírico e infinito, que Cecilia anhelaba.
No hay comentarios:
Publicar un comentario