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La autodestrucción.
La niña del norte venía caminando por la calle de tierra con los pies descalzos. Tenía en sus manos una flor marchita y seca, con esencia a nostalgia. Su ropa, sucia y gastada, indicaba que venía de un viaje largo y tortuoso. Se sentó junto a un lago de agua fría, helada, a enjuagarse las lágrimas. Quiso hacer beber a la flor, tontamente. La tiró en la corriente, y ésta se fue flotando, La niña, que en realidad era adulta, la vio irse con los ojos quietos y fijos.
Aquel hombre se acercó, quizás con curiosidad o lástima, hacia la niña del norte. Comenzó a trenzar ese pelo oscuro, y la niña no se lo negó. Estaba sucio, enmarañado y gastado, seco.
La llevó en brazos, con la trenza cayendo, con los pies descalzos al aire, con callos y golpes. Sin decir una palabra, siguieron un camino solitario que llevaba a la casa de él. Estaba al pie de un monte, era casi una choza, de techo de paja y palos, pared de madera rústica y suelo de tierra barrida.
El vaso estaba hecho de caña de bambú cortada, y dentro tenía un agua verdosa, con sabor agrio. La niña del norte le dio dos sorbos y luego dejó el vaso en el suelo. En seguida el hombre tiró el agua, y se sentó a su lado.
Si bien la niña del norte no dijo nada, el hombre supo que tenía sed. Si bien no le dijo que estaba triste, él le dio un abrazo. Pero ella venía escapando de muy, muy lejos. Venía queriendo olvidarse lo poco que valía, empezar a vivir. Venía de haber herido a alguien que apreciaba y de haber perdido el amor. Venía buscando paz antes de perderla. y venía buscando un vaso de bambú. Además, la pequeña niña del norte, tenía frío y necesitaba un hogar,
El hombre no le preguntó a la niña de donde venía, ni su nombre. Hizo de comer, comieron en silencio, y luego la dejó sola en el jardín.
Las lágrimas no caían porque la habían abandonado, no caían porque tenía cansados los pies ni porque había sufrido hambre y frío. Las lágrimas de la niña del norte, no caían porque se sentía poca cosa, porque se sentía inferior a todo y a todos, no caían porque no era suficiente para ser amada. No, tampoco por los desaires, ni por los esfuerzos inútiles, por los desprecios y las burlas, no. No corrían por las fallas y fracasos, ni por los mal tratos recibidos y decepciones. No, las lágrimas de la niña del norte corrían sin detenerse, porque a pesar de todos aquellos sufrimientos y penas, ella seguía extrañando aquella vida en la que no era querida, y eso la convertía en la peor clase de ser: Un ser auto-destructivo.
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