viernes, 29 de mayo de 2015

Adelina.

Adelina era una flor que crecía en un barrio bajo del otro lado de un puente que marcaba la diferencia entre la utopía y la realidad. Un barrio en donde el poco asfalto era disparejo, mal hecho y des-prolijo. Lo más normal eran las calles de tierra, que por la mañana eran de barro, cuando las mujeres baldeaban y tiraban el agua en la tierra seca y ésta bebía con desgano aquel agua con sabor a barrio, a mundo, a suciedad, a miseria y a rutina. En algunas calles el agua sabía a sangre, violencia y muerte, y era ésta la que la tierra bebía con más avidez, ya que sabía a diferente, a nuevo, a vivo y mataba la rutina, que era el verdadero veneno.
Así era Adelina, como la tierra, siempre queriendo algo diferente, nuevo y que rompa con la homogeneidad de sus días. A Adelina no le gustaba su barrio, ni las calles de barro que a la tarde eran de tierra, ni los hombres descuidados que trabajaban en fábricas, verdulerias y negocios locales. Adelina solo disfrutaba de eso que no encajaba, ese gustito del otro lado del puente. Adelina usaba vestidos amarillos, naranjas, verdes y otros colores que desvían la mirada, con claras intenciones. Tenía la piel clara, y eso le traía beneficios fuera del barrio, aunque igual la trataban de "negrita". Su pelo era largo y cobrizo, pero más que nada oscuro, medio lacio, medio rizado. Se podría decir que todo en Adelina era medio de algo y un poco de lo opuesto. Ella era medio flaca medio rellenita, medio tonta y a la vez viva, medio puta pero era virgen. No había manera de simplificar o resumir a Adelina, había que mirarla un rato y deducir, analizar.
Depende de quien lo diga Adelina podía ser una cosa u otra, y eso era algo complejo. Para Roseta, la panadera del barrio, o una de las dos o tres que había, Adelina era una estúpida que no valía ni una lata de tomates, pero porque la madre de Adelina le había robado a Roseta el marido años atrás o algo así, y ya venía con resentimientos. Roseta era una de esas mujeres rencorosas que no olvidan, y repiten la misma canción varias veces, a sus hijos, a sus vecinos, y los demás familiares, y a cualquier persona. Le gustaba descalificar a Adelina por su madre, jamás se tomó el trabajo de conocerla. Su testimonio sobre Adelina podría estar tergiversado, confuso, por el odio a la madre, pero tiene algunos hechos ciertos. Roseta descubrió a Adelina robándose una hogaza de pan, cuando Adelina tenía ocho años, hay dos testigos de este hecho. El marido de Roseta es uno, pero ya está muerto, enterrado, bien en el fondo. La otra es Angelina, una vecina negra que trabajaba en un lavadero. Angelina certificó que sí, que Adelina se robaba una hogaza de pan, pero que Roseta se pasó al golpearla tanto, que solo era una chiquita.
Angelina estaba casada con un japonés, que fue desheredado y echado de su casa por casarse con ella, pero el amor, ven, el amor, el amor. Angelina y su marido Hayato, que le decían "Chito", hasta su mujer, vivían en una casa arriba de un lavadero y era una pareja ridícula. Él era pálido, con una sonrisa que quedaba chiquita en ese rostro regordeto e hinchado. Sus hijos salieron japoneses y negritos, una rara mezcla, salvo por la nena, que salió blanca. Le pusieron Naomi, y Naomi tenía la edad de Adelina, se hicieron amigas en la primaria. Para Angelina no era tan grave que Adelina se haya robado el pan, después de todo su mamá era soltera, y trabajaba lavando ropa, vendiendo empanadas y algunos trabajitos más para los vecinos.
Naomi y Adelina se pelearon en la adolescencia, cuando Naomi decidió que quería seguir otro camino. Quería estudiar más y conseguir un trabajo del otro lado del puente, lejos de tanta miseria. Como era blanca, se hablaba con su abuela, después de todo era la única nieta de la vieja, y ella le prometió dejarla vivir, cuando sea mayor, en su casa para que estudie y esté tranquila. Según Naomi, nada de eso importaba a Adelina, ella quería conseguir un hombre que le resuelva todo.
Adelina conservaba su virginidad, por consejos de su madre, no salía con nadie, sin embargo, se notaba que buscaba. Todo cambió cuando a su madre se le diagnosticó una enfermedad terminal, lo que dejaría a Adelina sola con su hermanito, de doce años, y ella tenía unos diecisiete. En realidad era su medio hermano, quizás hijo del marido muerto de Roseta, o quizás ella lo era. Los padres de ambos eran un misterio, las pistas estaban en boca de todo el barrio.
La imagen de Adelina cruzando el puente a pie, con zapatos altos y una falda amarilla corta, no pudo ser tomada dignamente. Nadie notó que aquella chiquilla que ya era mujer, que tenía cuerpo de mujer, iba en busca del destino, iba en busca de una vida. Se sentó en una plaza, a fumar, con los labios color carmín. Cruzó las piernas, se desabrochó un botón de la camisa, y se tiró el pelo para atrás. Sabía que la miraban, y eso no le importó, o le importó mucho.
Al final del día nadie le habló, o solo lo hicieron pobres o negros, y eso no interesaba a Adelina. Volvió a su casa, pasó justo en frente de Naomi que estaba con Natalia, otra amiga del barrio. Se rieron tan fuerte que Adelina deseó escupirlas.
La casa era un asco, desastre. La madre de Adelina, Mabel, estaba tirada en el piso, pelada y con los ojos desorbitados, hinchados. Pedía entre suspiros ayuda, pero Adelina pasó sobre ella, esquivando sus extremidades con los zapatos altos, que eran en realidad de Mabel. "Sucia", "Desagradecida", "Puta" "Mediocre", era algunas de las palabras que lograba decir Mabel a su hija, mientras ésta la ignoraba. Adelina encendió la música, se desnudó, y se fue directo a la bañera. Empezó a cantar divertida, y enérgica. Tenía cuerpo de joven mujer, recién formándose, y estaba emocionada por estrenarlo.
Su hermano era, como decía Roseta, "una florecita". Se llamaba Antonio, y era totalmente homosexual. Andaba con un tipo mayor, así que problemas de dinero no tenía, eso ocasionaba el repudio de Mabel. Ella había sido, o era, prostituta de medio tiempo, pero siempre con hombres, "como manda Dios". Antonio era una aberración para Mabel, pero divertía a Adelina con sus comentarios. Antonio también tenía opiniones sobre Adelina, él decía que ella era una flor, bella e incomprendida, que creció en un montón de barro pero que aún así, era digna de apreciar. Porque Antonio la quería, decía que era medio puta, pero que buena persona, en el fondo. A Mabel no la querían porque Mabel no les había dado familia, no les había dado más que miserias y un montón de racismo. Mabel era pobre, pero no era negra, así que se creía mejor que Angelina. Pero Angelina era linda, era una negra linda que se casó con un japonés, que tuvo hijos y les dio padre y madre, casa, comida y educación. Angelina había sido buena con Antonio y con Adelina, Angelina no le tiraba humo a sus bebés, ni los pinchaba con el tenedor en la mesa cuando no querían comer, tampoco llamaba a sus hijos "desgraciados parásitos", no. Angelina era buena mujer, negra y buena mujer.
Al final Mabel murió en el piso y sus hijos solo se sentaron a mirar, fumando en la cocina y comiendo porquerías. Adelina llamó a una ambulancia, no fingió tristeza ni nada, Mabel tenía cáncer y se sabía. Se la llevaron y no se la volvió a ver, ni fueron al velorio, entierro o lo que sea. Antonio quedó a cargo de Adelina, pero no quiere decir que ella lo cuidara. Pero entre los dos se entendían. Al final el cuarentón que mantenía a Antonio se quedó también con Adelina, la convirtió en su decoración para fiestas, mientras ella hacía lo que le viniera en gana. Empezó a ir a la escuela, de nuevo, y no tuvo necesidad de trabajar. Este tipo le pagó todo hasta los veinte, pero después la echó y Antonio no pudo hacer nada.
La vida de Adelina a partir de ahí es un montón de miseria. Ya no era virgen, porque el tipo se había puesto en curioso un día, y luego un par de días más, hasta que ella le pareció ya repugnante. Y cuando no le quedaba más nada, se dio cuenta que tenía veinticinco, que no sabía nada de su hermano, que tenía el cuerpo arruinado, pasada de alcohol y drogas. Su pelo era corto, no más largo, y rubio quemado y decolorado de más, ya no rebozaba de juventud. En cinco años se le había ido la juventud, envejeció de pronto, sin aviso, el tiempo se llevó sus sueños de joven niña. Ya ni su piel tenía vida, todo estaba muerto. Había tenido un noviazgo de ocho meses, en el que sintió que conoció por primera vez el amor, pero éste terminó de forma trágica y dramática. Se decidió a no amar más, y lo único que habían tocado sus labios por cuatro meses, eran botellas de ginebra.
Ahí estaba, de rodillas, entristecida, grisácea, la no tan hermosa Adelina, con el pelo corto quemado, y la piel opaca. De rodillas en un lugar que jamás había visitado, frente a una tumba lisa, solo con un nombre pero nadie le puso ningún epitafio, nada. Por primera vez, desde la muerte de Mabel, le dejaron una flor. Adelina se acurrucó, junto a la tumba, deseando familia. Hasta que la echaron.
Al final del día, y sin encontrar solución a nada, Adelina, sola, dejó caer su cuerpo por el puente. Eligió esa forma de morir, como liberación. Sentir el aire, el vuelo, su pelo corto, su cuerpo ligero y delgado, como una hoja de papel. Abrió los brazos, sonrió y se dejó caer, pero del lado del barrio de barro.








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